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07/07/2009
LA UNIVERSIDAD POPULAR EN VILLA 15 Y LA FÁBRICA DE PANELES
Por Inés Vázquez*

El pasado martes 30 de junio, realizamos la primera de una serie de visitas a los barrios de Buenos Aires donde las Madres están llevando adelante la Misión Sueños Compartidos desde hace ya tres años.

La UPMPM junto a la Fundación Madres de Plaza de Mayo ha proyectado esta serie de encuentros con las compañeras y compañeros que trabajan en los distintos espacios abiertos por su lucha, como un modo de acercar la comunidad universitaria a la cotidianidad de un mundo de construcción y cambio que, hasta hace muy poco tiempo, no existía para cientos de personas de los sectores más postergados de nuestra sociedad.

En una mañana de mucho frío, el grupo conformado por autoridades, docentes, no docentes y graduados de la Universidad Popular recorrió las instalaciones del Jardín de los Abrazos, con todas sus salitas funcionando a pleno, guiado por Paula, la directora del Jardín.

En el llamado “Elefante Blanco” -donde permanentemente se está transformando una política de destrucción y olvido surgida de la dictadura de Aramburu, en 1955, en una posibilidad activa de justicia y buen vivir para el pueblo-, una puerta que se abre puede dar a un gimnasio equipado para el entrenamiento deportivo, a un taller de costura a todo sonido de máquinas de coser terminando casacas y pantalones, a un patio interior donde los chicos y chicas juegan a la pelota o pasean sus muñecos. De pronto, otra puerta da a un ala en construcción del viejo Elefante, con el piso y las paredes ya alisadas, y un viento que recorre cada abertura recién terminada, como limpiando años de dolor planificado para los sectores populares. Allí, en poco tiempo, habrá más Jardín de los Abrazos, de paredes muy blancas y cálidas, más baños a medida de niños y niñas, más cocina humeante, pulcra, rica para los que están haciendo de nuevo el barrio de sus vidas.

Dejamos a los chicos y las seños, y Diego, el ingeniero, comienza a explicarnos cómo era el Elefante cuando llegó la Misión y se presenta, con indisimulado orgullo, como supervisor de obra de Villa 15: “esto es más que vivienda digna, porque mejoraron los que trabajan acá, pero también el kiosko de la esquina, el almacén de la otra cuadra”. Desde un ala del edificio donde se estacionan las sillas y mesas que equiparán las nuevas unidades a estrenar pronto, Diego nos muestra el Obrador 1, las primeras casas entregadas de un rojo-amarillo que estalla entre el gris todavía extenso de la antigua Villa Oculta.

Raro poder de este lugar confinado a la miseria: desde ese mínimo espacio que ocupan los pies de las y los visitantes puede verse el pasado, el presente y el futuro, en un mismo momento, en un solo golpe de mirada. Es un poder lleno de vida y de tensiones: la miseria impuesta emerge con raíces profundas en el barrio y en el país, el futuro parte de la mirada de quienes hacen y construyen ahora, allí, y se posa en el enorme esqueleto de once pisos, que será distinto y suyo de acuerdo a los proyectos firmemente defendidos por las Madres. El presente se va forjando en manchones de color que, otra vez, son más que vivienda digna, son batallas ganadas al desprecio y la injusticia, y lucha instalada por defender lo hermoso: casas verdes, con murales de mosaicos, y pasto perfumado recién plantado alrededor.

Cada casa levantada por manos populares constituye un ejercicio de aprendizaje para obreras, capataces, ingenieros, trabajadores sociales. La vida transformada y, a la vez, propia de la gente del barrio, corrige los detalles que, en el salto necesario desde el plano dibujado al terreno concreto, pudieron no resultar. El diseño cambia, la palabra cotidiana se escucha, las casas crecen dotadas de una vitalidad que proviene de la energía política sembrada por las Madres, y antes y en ellas, por sus miles de hijos e hijas.

De la Ciudad Luz de las Madres, Fabián nos conduce al barrio de Barracas, donde funciona la fábrica de paneles con los que se levantan las casas y todas las edificaciones de Sueños Compartidos. Allí nos recibe Félix, quien está a cargo de la planta industrial y junto a otros compañeros nos muestran, paso a paso, la transformación de un gran bloque de poliestireno expandido, blanco como un témpano, en las cientos de planchas armadas con una malla de alambre, sobre las que luego se proyectará el cemento, configurando las paredes de cada nueva construcción. Varias máquinas están funcionando, una secciona el gran bloque blanco, otra endereza y corta el alambre a medida, otra labra el tejido de alambre con soldadura eléctrica, otra reúne los elementos para conformar la plancha que será pared, todas ellas conducidas por jóvenes ya expertos en el manejo de esta técnica original. Este trabajo en equipo tiene un plus: las planchas no van al country más pituco de la zona, sino son parte del sueño compartido de la casa, el empleo, la salud, la educación, el sentirse con posibilidades de ser y crecer en dignidad y junto a otros.

Al salir, entregamos nuestros cascos, mientras se agolpan en nosotros imágenes y compromisos; responsabilidades crecidas al estrechar la mano de nuestros compañeros y compañeras, al ver sus hijos e hijas jugar entre abrazos, al comprobar todo lo realizado en menos de tres años y todo lo que el amor a nuestro pueblo y la marcha incesante de las Madres nos convoca a cumplir, desde la Universidad Popular, con sol o lluvia bajo el cielo del país.

*: Rectora de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo

Portal Informativo de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo - 2007